Mecanismos automáticos en los procesos de sanación: Llorar, reir, bostezar, temblar, rugir, estirarse… son procesos curativos

La capacidad de pensar y crear respuestas nuevas a las situaciones nuevas que nos toca vivir se la debemos a nuestro complejo sistema nervioso…. El cerebro humano contiene más de diez mil millones de neuronas en funcionamiento. Unos pocos cientos reciben continuamente gran cantidad de información a través de los sentidos. Otras se encargan de clasificar y archivar esta información. La información archivada de experiencias pasadas semejantes se usa como base para una respuesta adecuada a la nueva situación presente. Afrontamos mejor las experiencias nuevas gracias a lo aprendido anteriormente.

Sin embargo, hay momentos en nuestra vida en que nuestra inteligencia deja de funcionar. Mientras dura cualquier tipo de experiencia angustiosa, nuestro cerebro se paraliza. Gran cantidad de datos siguen entrando a través de los sentidos, sin posibilidad de clasificarlos o archivarlos… En esos momentos perdemos la capacidad de razonar.

Estas experiencias desagradables que trastornan nuestra capacidad de pensar pueden ser de origen físico (dolor, golpe, herida, enfermedad, desmayo, droga, anestesia, hambre, frío…) o bien de origen emocional (pérdida de un ser querido, frustraciones, tristeza, miedo, ridículo…)

De pequeños somos más propensos a padecer experiencias angustiosas ya que somos más débiles, nos falta experiencia e información y dependemos mucho de los demás.

Por suerte, poseemos mecanismos automáticos para recuperarnos de los sufrimientos, que se manifiestan en forma de descargas emocionales: si un niño, después de haberse perdido en la calle, ve a su madre y ésta le brinda sus brazos, se volcará sobre ella y llorará largo rato. De vez en cuando se asegurará de que su madre le sigue prestando atención para seguir llorando hasta librarse totalmente de su desdicha. Cuando termine, le volverá su bienestar y su alegría. ¡Como si nada hubiese pasado¡ Tras el desahogo emocional, todos los datos que había almacenado de forma desordenada durante la experiencia dolorosa serán clasificados y convertidos en información útil, disponible para entender experiencias posteriores.

Si el niño es asustado y después se encuentra con alguien que le acoge y permanece tranquilo… se agarrará, temblará, se le pondrá carne de gallina, gritará, le castañearán los dientes… Esto es lo que necesita hacer para librarse del miedo y quedarse a gusto.

Un niño frustrado desencadenará un berrinche: movimientos físicos violentos como retorcimientos, pataletas, manotazos, gritos rabiosos… Es así como se expresa la rabia. Al expresarla, va sanando.

Si el niño es ridiculizado, si se le humilla y siente vergüenza, y después se encuentra con un adulto que le atiende, contará la experiencia varias veces y finalmente bromeará al respecto. Empezará a reir y cada vez reirá más fuerte. Así se librará espontáneamente de la vergüenza que le hacía esconderse y no querer encontrarse con sus amigos.

Si la experiencia ha producido tensiones musculares, éstas se liberarán en forma de bostezos prolongados y profundos, acompañados a veces de estiramientos y rascamientos.

Todos disponemos de estos recursos espontáneos de curación. Después de haber pasado un mal rato necesitamos volcarnos en alguien de confianza para descargar nuestro malestar, mientras nos escucha atentamente.

Fuente: Eneko Landaburu, médico higienista

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