A.D.A.B.

Una mirada desde ADAB a los patrones familiares heredados

Patrones transgeneracionales: qué son y cómo empezar a sanar la herencia familiar

Una mirada hacia atrás desde ADAB a los patrones familiares heredados para caminar más ligeras: lo que heredamos de las mujeres que nos precedieron

Hay una edad en la que una empieza a mirar su vida de otra manera. Cuando somos jóvenes, tenemos demasiada prisa por avanzar. Queremos construir, trabajar, criar a nuestros hijos, cuidar de nuestros padres, mantener una casa, salir adelante. Muchas veces no tenemos tiempo de preguntarnos por qué reaccionamos de una determinada manera, por qué repetimos ciertas decisiones o de dónde vienen algunos de nuestros miedos.

Pero cuando hemos cumplido sesenta, sesenta y cinco o setenta años, la perspectiva cambia.
De pronto podemos mirar hacia atrás y contemplar nuestra historia con cierta distancia. Y entonces aparecen las preguntas.

¿Por qué en nuestra familia las mujeres siempre han sido las que cuidaban de todos?
¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?
¿Por qué algunas sentimos culpa cuando hacemos algo simplemente porque nos gusta?
¿Por qué hemos aprendido que hay que aguantar, callar, trabajar y seguir adelante aunque estemos agotadas?
¿Por qué determinadas frases de nuestras madres o abuelas siguen apareciendo en nuestra cabeza décadas después?

En ADAB hemos descubierto que compartir estas preguntas con otras mujeres puede ser profundamente enriquecedor. No porque exista una respuesta única. Ni porque podamos explicar toda nuestra vida a través de nuestra familia. Sino porque conocer nuestra historia nos ayuda a comprendernos mejor.

Y comprendernos mejor puede permitirnos elegir de otra manera.

Las mujeres que llevamos dentro

Muchas de nosotras somos hijas de mujeres que vivieron circunstancias muy diferentes a las actuales.

Mujeres que atravesaron guerras, posguerras, pobreza, migraciones, pérdidas, matrimonios difíciles, maternidades casi obligatorias o trabajos invisibles que nunca aparecieron en ninguna nómina.

Nuestras madres y nuestras abuelas aprendieron a sobrevivir. Y para sobrevivir desarrollaron determinadas formas de entender el mundo.

  • Había que guardar.
  • Había que aprovecharlo todo.
  • Había que trabajar.
  • Había que sacrificarse.
  • Había que cuidar primero de los demás.
  • Había cosas de las que no se hablaba.
  • Había emociones que era mejor esconder.

Muchas de aquellas ideas tuvieron sentido en el contexto en el que ellas vivieron. El problema aparece cuando seguimos aplicándolas automáticamente en una vida que ya es diferente. A veces descubrimos que seguimos obedeciendo normas familiares que nadie nos ha pedido cumplir. Normas invisibles. Y ponerles nombre puede ser el primer paso para decidir cuáles queremos conservar y cuáles ya no necesitamos.

No se trata de culpar a nuestros padres

Cuando empezamos a revisar nuestra historia familiar aparece un riesgo: convertir la reflexión en una búsqueda de culpables.

Nosotras hemos aprendido justo lo contrario. Mirar nuestra historia no significa juzgarla, significa comprenderla.

Nuestros padres hicieron muchas veces lo que pudieron con las herramientas que tenían, nuestras madres tomaron decisiones condicionadas por la época en la que vivieron, nuestras abuelas probablemente tuvieron todavía menos posibilidades de elegir.

Comprender esto nos permite mirar el pasado con ternura pero también con libertad. Podemos agradecer lo recibido y, al mismo tiempo, reconocer que algunas formas de vivir ya no nos pertenecen.

Hay una frase que nos gusta especialmente: “Podemos honrar nuestra historia sin repetirla”.

El árbol familiar como ejercicio de memoria

Uno de los ejercicios que puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestra historia es construir un árbol familiar ampliado, algo parecido a lo que habitualmente se conoce como genograma.

No hace falta convertirlo en un estudio complicado.

Podemos empezar simplemente escribiendo los nombres de nuestra familia.

Nosotras.

Nuestros hermanos y hermanas.

Nuestros padres y tíos.

Nuestros abuelos.

Y, si conocemos la información, nuestros bisabuelos.

Después podemos añadir algunos datos.

Dónde vivieron.

A qué se dedicaban.

Cuántos hijos tuvieron.

Quién emigró.

Quién enviudó joven.

Quién tuvo que sacar adelante sola a una familia.

Quién fue especialmente creativo.

Quién cuidaba de todos.

Quién era considerado la persona fuerte de la familia.

Quién rompió con las normas de su época.

El objetivo no es encontrar explicaciones mágicas ni relaciones inevitables entre acontecimientos.

El objetivo es mirar nuestra familia como una historia humana.

Cuando ponemos todos esos nombres sobre el papel ocurre algo curioso.

Dejamos de ver únicamente a “nuestra madre” o “nuestra abuela”.

Empezamos a ver mujeres completas.

Con sueños.

Con dificultades.

Con decisiones.

Con renuncias.

Y a veces entendemos muchas cosas.

Los papeles que se repiten

En prácticamente todas las familias aparecen papeles que algunas personas terminan asumiendo.

La cuidadora.

La mediadora.

La responsable.

La rebelde.

La que siempre ayuda.

La que nunca pide nada.

La que sostiene económicamente a todos.

La que intenta mantener unida a la familia.

Muchas mujeres de nuestra generación hemos vivido durante décadas dentro de uno de estos papeles.

Y quizá nadie nos obligó directamente.

Simplemente aprendimos que eso era lo que se esperaba de nosotras.

Una pregunta que puede resultar interesante es:

¿Qué papel he ocupado yo dentro de mi familia?

Y después otra todavía más importante:

¿Quiero seguir ocupándolo exactamente de la misma manera?

A veces la respuesta será sí. Porque cuidar puede ser hermoso, ayudar puede ser hermoso, ser responsable puede ser una gran cualidad. El problema aparece cuando sentimos que no podemos hacer otra cosa.

Las frases que heredamos

Hay frases que atraviesan generaciones.

“Más vale malo conocido que bueno por conocer.”

“Hay que trabajar muy duro para ganar dinero.”

“Primero están los hijos.”

“Una mujer tiene que saber llevar su casa.”

“No expliques tus problemas fuera.”

“Hay que aguantar.”

“No llames la atención.”

“Con lo que tenemos ya podemos estar contentos.”

Seguramente cada familia podría llenar varias páginas.

Por eso proponemos un pequeño ejercicio. Sentarnos tranquilamente con un cuaderno y escribir todas aquellas frases que recordamos haber escuchado durante nuestra infancia.

Después podemos dividirlas en varios temas:

dinero,

amor,

familia,

trabajo,

éxito,

maternidad,

pareja,

amistad,

edad,

cuerpo,

mujeres.

Y preguntarnos:

¿Esta frase sigue representando lo que pienso hoy?

Tal vez descubramos que algunas sí.

Puede que nuestras abuelas nos transmitieran valores maravillosos: esfuerzo, generosidad, solidaridad, dignidad, sentido de comunidad. Pero quizá otras ideas ya no encajen con nuestra vida.

Crear nuestras propias reglas

Esta es una de las partes que más nos gusta.

Después de identificar una idea heredada podemos escribir nuestra propia versión.

Por ejemplo:

“Una madre siempre debe sacrificarse por sus hijos.”

Puede convertirse en:

“Puedo querer profundamente a mis hijos sin renunciar completamente a mi propia vida.”

“Hay que poder con todo.”

Puede convertirse en:

“Puedo ser fuerte y también pedir ayuda.”

“A nuestra edad ya no estamos para empezar cosas nuevas.”

Puede transformarse en:

“Mientras tenga curiosidad, todavía puedo aprender, crear y empezar.”

Esta última nos representa especialmente porque una de las cosas que hemos aprendido dentro de ADAB es precisamente que cumplir años no significa dejar de evolucionar.

Llegar a los sesenta también puede ser un comienzo

Durante mucho tiempo se ha hablado de la edad madura casi únicamente desde la pérdida.

La jubilación.

Los hijos que se marchan.

Los cambios físicos.

Las personas que ya no están.

Pero existe otra realidad.

Después de los sesenta muchas mujeres experimentamos por primera vez algo que antes tuvimos muy poco:

tiempo para preguntarnos quiénes somos.

No como madres.

No como esposas.

No como trabajadoras.

No como cuidadoras.

Simplemente como mujeres.

Y esa pregunta puede abrir una etapa extraordinariamente creativa.

Algunas descubrimos la pintura.

Otras las manualidades.

Otras empezamos a escribir.

Otras bailamos.

Otras viajamos.

Otras comenzamos a participar en asociaciones.

Y algunas simplemente aprendemos a sentarnos durante una tarde sin sentir que deberíamos estar haciendo algo útil.

También eso es aprendizaje.

ADAB como espacio para volver a encontrarnos

Para algunas de nosotras, ADAB ha sido precisamente eso.

Un espacio donde volver a encontrarnos.

La asociación nació vinculada al trabajo, la creatividad y la relación entre mujeres y hoy inicia una nueva etapa alrededor del arte, el bienestar y la comunidad.

Pero detrás de esas palabras hay algo mucho más sencillo.

Encontrarnos.

Hablar.

Crear juntas.

Escuchar otras historias.

Descubrir que aquello que pensábamos que solo nos había ocurrido a nosotras también lo habían vivido otras mujeres.

En ocasiones una conversación durante un taller puede despertar una reflexión que llevaba años esperando.

Una mujer cuenta que nunca se permitió descansar.

Otra explica que durante toda su vida sintió que debía cuidar de todos.

Otra reconoce que después de jubilarse no sabía qué hacer con su tiempo.

Y entonces sucede algo importante. Nos damos cuenta de que nuestras historias son diferentes, pero muchas emociones se parecen.

ADAB no pretende sustituir un acompañamiento psicológico profesional cuando este sea necesario.

Nuestro lugar es otro. Crear comunidad. Ofrecer espacios de creatividad y bienestar. Facilitar encuentros. Permitir que las mujeres compartamos experiencias sin sentirnos juzgadas.

Y recordarnos algo que a veces olvidamos: todavía tenemos mucho por vivir.

Escribir una carta que nunca enviaremos

Otro ejercicio que puede resultar interesante es escribir una carta simbólica.

Puede dirigirse a nuestra madre.

A nuestra abuela.

A nuestro padre.

A una persona importante de nuestra historia.

O incluso a toda nuestra familia.

No es necesario enviarla.

La carta es para nosotras.

Podemos comenzar diciendo:

“Ahora comprendo algunas cosas que antes no comprendía.”

Después podemos escribir aquello que agradecemos.

Lo que aprendimos.

Lo que recibimos.

Pero también aquello que queremos hacer de manera diferente.

Por ejemplo:

“Gracias por enseñarme a trabajar y no rendirme.”

Y continuar:

“Pero ahora quiero aprender también a descansar.”

O quizá:

“Gracias por enseñarme a cuidar a los demás.”

Y añadir:

“Ahora quiero aprender también a cuidarme a mí.”

No estamos rechazando nuestra historia.

Estamos añadiendo un capítulo nuevo.

Nuestro capítulo.

## Un gesto simbólico de despedida

Después de escribir la carta algunas personas prefieren guardarla.

Otras la rompen.

Otras la leen en voz alta estando solas.

Otras realizan algún pequeño acto simbólico para representar que cierran una etapa.

Si se decide quemarla, debe hacerse siempre con todas las precauciones necesarias y en un lugar donde esté permitido y sea completamente seguro.

Pero en realidad el gesto concreto es lo menos importante. Lo importante es la decisión que representa. Hay cosas que queremos conservar. Y hay otras que podemos dejar atrás.

También heredamos cosas maravillosas

Cuando hablamos de patrones familiares existe la tentación de buscar solamente aquello que nos hizo daño.

Nosotras creemos que sería injusto.

También heredamos fortalezas.

La capacidad de trabajar.

El sentido del humor.

Las recetas familiares.

La creatividad.

La manera de cuidar un jardín.

La habilidad de coser.

La paciencia.

Las canciones.

Los cuentos.

La capacidad de reunir a la familia alrededor de una mesa.

La solidaridad entre vecinas.

La resistencia frente a las dificultades.

Nuestra historia no es únicamente una carga.

También es un patrimonio.

Por eso quizá el verdadero ejercicio consiste en aprender a distinguir.

Esto quiero conservar.

Esto quiero transformar.

Esto ya puedo dejarlo ir.

Las mujeres de antes y las mujeres que vienen después

A nuestra edad comprendemos algo que quizá no veíamos cuando éramos jóvenes. Nosotras también somos antepasadas de alguien.

Nuestros hijos.

Nuestros nietos.

Nuestros sobrinos.

Las mujeres jóvenes con las que compartimos espacios.

También nosotras transmitimos maneras de entender la vida.

Y eso nos plantea una pregunta preciosa:

¿Qué queremos que las mujeres que vienen después aprendan de nosotras?

Quizá que pueden trabajar y también descansar.

Que pueden amar sin desaparecer dentro de otra persona.

Que pueden cuidar y cuidarse.

Que pueden equivocarse.

Que pueden empezar de nuevo.

Que cumplir años no significa hacerse invisible.

Que una mujer de sesenta, setenta u ochenta años todavía tiene proyectos, opinión, creatividad, deseo de aprender y cosas que aportar.

Nuestra historia no termina donde empezó

Las mujeres que hoy formamos parte de esta nueva etapa de ADAB llegamos con historias muy diferentes.

Hemos vivido.

Hemos trabajado.

Hemos cuidado.

Nos hemos equivocado.

Hemos perdido personas.

Hemos comenzado de nuevo más de una vez.

Y todavía seguimos aprendiendo.

Quizá por eso sentimos que este momento de nuestra vida tiene algo especial.

Ya conocemos bastante bien de dónde venimos.

Ahora podemos decidir con mayor libertad hacia dónde queremos ir.

Mirar nuestra historia familiar no significa vivir atrapadas en el pasado.

Puede significar exactamente lo contrario.

Mirarlo.

Comprenderlo.

Agradecer lo que nos dio.

Transformar lo que ya no necesitamos.

Y continuar caminando un poco más ligeras.

Porque nuestra historia familiar empezó mucho antes de que naciéramos.

Pero la parte que nos corresponde vivir todavía la estamos escribiendo.

Y en ADAB queremos seguir escribiéndola juntas.

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